En mi vida pensé que alguna vez iba a estar parada frente a las maravillas escondidas que la naturaleza nos brinda y que sólo podemos ver por televisión. Conocía el Salar del Huasco, muchas veces lo había visto y oído por el gran programa chileno “La Tierra en que Vivimos”, y siempre lo tuve en la mente, me llamaban la atención los flamencos, aves tan estilizadas, tan delicadas y de un color rosa espectacular que hace parecer que sus plumas fueran falsas.
Técnicamente el Salar del Huasco está ubicado a 174 kilómetros al este de la ciudad de Iquique, a 3.780 metros sobre el nivel del mar en el altiplano. El Salar es el centro de una cuenca cerrada entre dos sierras que corren de norte a sur y que llegan a más 5.000 metros de altura. Se nutre de aguas de escurrimiento de las lluvias de verano, por el afloramiento de napas subterráneas y por el aporte de las vertientes. Tiene una gran colonia de aves acuáticas entre las cuales destacan tres especies de flamencos, gansos silvestres, patos, y gaviota andina que cohabitan con fauna terrestre como el ñandú y camélidos sudamericanos: Llamas, alpacas, guanacos y esporádicas vicuñas.
La altura no se siente tanto en ese minuto, sólo sientes que tus oídos se tapan y destapan constantemente. Al abandonar la carretera y adentrarse en una ruta ripiada, ante los ojos se abre lentamente entre cerros el espectacular Salar. Desde la cima se ve el blanco intenso con manchones celestes y amarillos. El frío es seco y paralizante y sólo se escucha el ruido del viento. Mientras desciendes todo se ve más bello, y te envalentonas frente al frío y bajas del auto una y otra vez para seguir sacando fotografías e ir grabando en tu mente cada pedacito de aquellos hermosos parajes.
A orillas del salar puedes ver colonias de flamencos, y por otro sector vez pastando a los camélidos altiplánicos, mientras pequeños pajaritos revolotean por todos lados, es ahí cuando tus ojos no pueden creer que exista tal belleza en un lugar tan inhóspito como ese.
Quería ver más cerca mis recordados flamencos, pero en ese intento me fui hundiendo en un fango que hace imposible acceder a estas aves, de todas formas cualquier ruido las hace alejarse de ti. Fue en este instante cuando me di cuenta que no estaba a nivel del mar, porque una caminata de 5 minutos me hizo perder el aliento y dejó sin habla, era como si hubiese corrido durante 10 minutos, es una sensación extraña…desde ahí te tomas las cosas con más calma.
El salar tiene un camino de tierra que lo rodea, desde el cual puedes ver los distintos ángulos de la zona y si tienes suerte puedes divisar a unas graciosas corredoras que cuando escuchan un ruido inhabitual, ágilmente se esconden detrás de unos pequeños arbustos: los ñandúes. En este sector el terreno es verde y se debe a la salida de varias vertientes que finalmente forman la Laguna del Salar del Huasco, es fascinante porque desde unos pequeños positos, el agua emana desde la tierra y se une en pequeñas rutas que forman finalmente un río que desemboca en la laguna. Aquí también te encuentras con los llamados “bofedales” que son formaciones vegetacionales compuestas de cojines de hierbas y juncos, los cuales tienen agua entremedio, la que mayoritariamente está congelada por el clima de la altura.
Las montañas cubren este lugar, es como si lo protegieran, y sus colores son tan poco naturales negros, cafés, rojos y amarillos, es algo impresionante. En aquel paraje me conformé con ver toda esta biodiversidad desde lejos, sin molestar. Me alegré de poder estar ahí y tener en mis recuerdos tan grandiosa belleza. Vibré con el frío y el silencio murmurante. Me sentí feliz con que aquel lugar estuviera tan lejos y tan poco accesible. Me emocioné con cada animalito que divisé y me volví a sentir una y mil veces pequeña ante tanta majestuosidad.

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