Me es un poco difícil escribir sobre Nicaragua, por esta razón creo que busqué dentro de mis recuerdos el lugar más bonito y que se alejaba un poco más de una realidad latente que carcome esta parte de nuestro continente: la pobreza. Me es difícil escribir de esta zona, porque me impactó muchísimo cómo sobrevive la gente y sus abismantes desigualdades sociales. Siempre he dicho que todos los lugares tienen algo bello, pero al parecer este lugar a pesar de su belleza, lamentablemente es un territorio que no me gustaría volver a visitar.

Granada fue fundada en 1524, según muchos eruditos historiadores tanto españoles como centroamericanos, Granada fue la primera ciudad oficial fundada en suelo del continente americano. A diferencia de otras poblaciones que aseveran lo mismo, la ciudad de Granada no sólo fue asentamiento de la conquista, sino también ciudad matriculada en los registros oficiales de la Corona de Aragón y el Reino de Castilla en España. Actualmente cuenta con 110.536 habitantes, se encuentra a 40 kilómetros al sur de Managua y su arquitectura colonial y neoclásicas son exquisitas y bien conservadas. Al cruzar la frontera de Costa Rica y entrar en Nicaragua, pareciese que hubieses retrocedido por lo menos 30 años en el pasado y llegas a un terminal de buses lleno de gente, sucio y de buses antiquísimos (de aquellos que usan los gringos para transportar a los escolares) pintados de diferentes colores y algunos de ellos aún conservan el “school bus”. Después impacta que esos sean los buses que te llevarán a Granada, pero sobretodo cuando toman tu maleta y la echan en el techo del bus amarrada con un montón de bolsas más, donde cada vez que el bus para miras por la ventana, por si no le pasaron tus cosas a otra persona. La verdad es que viajar en bus en Nicaragua es toda una odisea y los caminos no son muy buenos, lo cual te hace el paseo un poco más largo de lo que debería. Pero el paisaje es una maravilla, porque el verde se apodera de tu vista y las golondrinas, como una plaga atraviesan el camino. Llegas a Granada pidiendo por favor que tu maleta esté sana y salva y gracias a Dios todo mi equipaje estaba ahí.

Llegué por la periferia de Granada y me impresionó su pobreza, casas de un piso de colores marchitos, las calles sucias y llenas de gente. Pasé por el mercado que venden desde carne (sin estar refrigerada, sólo tapada con un velo) hasta ropa y muchas frutas desconocidas para mi. Pero al llegar al centro de Granada la situación cambia y el estilo colonial toma preponderancia en toda la arquitectura central de la ciudad. Una imponente catedral que sólo tiene pintada una de sus torres, ilumina la plaza llena de frondosos árboles, artesanos, niños y adultos que tratan de sortear de una mejor forma el húmedo calor de la ciudad. Los hoteles y edificios pequeños que rodean la plaza están exquisitamente pintados de tonos pasteles y la arquitectura es verdaderamente bella y aquellos corredores llenos de columnas muestran un cuadro realmente pintoresco. Granada se levanta a orilla de un gran lago y tiene un lindo malecón, pero sus aguas turbias, donde se bañan vacas y caballos, y también los niños, dejan mucho que desear. Tal vez estas cosas causaron más efecto negativo en mi paseo que la bella ciudad. Tomar agua en bolsas plásticas, comer plátanos fritos y el famoso “vigorón” (yuca cocida, con chicharrón de cerdo ensalada de repollo con tomate y vinagre) en hojas de bananos (hojas de chagüite) y el marcado sentimiento machista lograron apoderarse más de mí que el paisaje. La cantidad de insectos extraños, ranas, lagartijas, cucarachas gigantes, murciélagos, perros llenos de garrapatas, zancudos con dengue y el encuentro en mi pierna con un alacrán, fueron más fuertes que mi entusiasmo por la naturaleza. Hoy recuerdo esas cosas y me da risa. El lado positivo siempre hay que buscar y siento que fue una gran experiencia, conocí muchas cosas que para mi eran extrañas o que simplemente no cabían en mi cabeza; sentí por primera vez que me enfrentaba al verdadero tercer mundo y tal vez menos que eso. No me gustaría volver no por que el lugar sea feo o falto de atractivos, sino porque simplemente creo que mi forma de ser y mi personalidad no son compatibles con la zona. Siempre he odiado los “bichos” y al parecer mi gusto por la civilización, la tecnología, y el medio más igualitario son un conjunto de cosas que debe tener un sitio para querer volver a revivirlo.