En la primera entrega de Pisagua, quise ahondar en la gran historia que ha tenido este pueblo olvidado, porque aunque esté olvidado para muchos, tiene que ser un lugar que los chilenos deben recordar tanto por sus glorias, como por las atrocidades que se cometieron en diversos períodos de nuestra vida como nación, actos que esperamos nunca más se vuelvan a repetir.


Llegar a Pisagua es toda una odisea, nunca me imaginé en qué lugar geográfico podía estar el pueblo, sólo vi en un mapa que estaba en el borde costero y sabía que era una pequeña caleta de pescadores, pero se me olvidó preguntar cómo era el camino de acceso. Después de manejar por el desierto como una hora y media, el cielo comenzó a oscurecerse por una densa bruma y el frío se apoderó del lugar. El camino comenzó a meterse entremedio de enormes cerros, hubo que disminuir la velocidad porque el camino zigzagueante no dejaba ver si venía un vehículo por la pista contraria, de repente aquellos cerros se alejaron y dieron paso a una fenomenal vista del océano pacífico. ¡Qué belleza había ante mí!, pero al estar disfrutando aquella visión, no caí en cuenta que para llegar a Pisagua, debía bajar un angosto camino que sólo daba el paso para un vehículo. Llegué a la mitad del camino con las manos sudadas del nervio que me provocaba ver aquella angosta ruta por la ladera del cerro, pero con el estómago apretado, tanto el mío como el de mi co-piloto (mi mamá), y el volante firme, logramos llegar al famoso Pisagua.
El aroma a mar se coló rápidamente por nuestras ventanillas y enfilamos rumbo a la única calle que tiene el pueblo (es una calle principal que converge en otra que va hacia la playa) El lugar está literalmente a la orilla del mar y no cuenta con una planicie para construir más. Sus antiguas casas están abandonadas a su suerte, son bellas construcciones que seguramente en algún tiempo fueron codiciadas por las personas que vivían en la zona. Casi no se ve gente, existe un sólo restaurante condicionado al plato del día y a la conversación constante de su dueña que te habla mientras comes (seguramente en ese lugar no hay mucha gente para conversar). El pueblo se recorre a pie y desde su plaza existe una maravillosa vista del océano, de los pequeños barcos meciéndose en el tranquilo mar, del hermoso reloj con su ajada pintura celeste, y de los enormes cerros que encarcelan el lugar.
Como pueblo ya no queda mucho que ver, pero aquellas casas antiguas, que hoy parecen ser una fachada de pequeños retablos, el teatro, el reloj, la cárcel y el cementerio, dan un toque austero pero significativo a cada pequeño rincón. Hoy la naturaleza que rodea el lugar es la que sobrecoge y toma posesión de Pisagua.
La Torre del Reloj es Monumento Nacional, fue diseñado por Gustavo Eiffel y construida en 1891, en conmemoración a los caídos en el Desembarco de Pisagua. Otro sitio fascinante es el cementerio local, data aproximadamente de 1850, además se considera uno de los cementerios mejor conservados de la época del salitre. Para acceder al cementerio, se debe ir por la ladera del cerro en un angosto camino de tierra, que va abriendo el paso a hermosos paisajes oceánicos y de inmensas rocas que son el hábitat natural para cientos de aves que circundan la zona. Llegar al cementerio te da una sensación extraña, pero el mar y la sequedad del lugar  muestra un singular espectáculo, todo es de madera perfectamente conservado, encontrándose en él tumbas del siglo XIX completamente intactas. Las sensaciones son diversas, es una mezcla de sentimientos de mmm… cómo se podría decir…entre tétrico, histórico y bello.
Ojalá hubiésemos tenido más tiempo para dejar el auto y caminar por las laderas de los cerros, que imagino tienen mucho que brindar a la vista, pero había que marchar y volver a tomar aquél “terrible” camino. Desde Pisagua miramos el cerro para advertir si venía otro auto, porque no queríamos arriesgarnos a tener que retroceder para dejar pasar al vehículo que fuera bajando.
Hoy Pisagua es un pueblo olvidado para todos, que va quedando en el subconsciente de aquellos que han tenido la posibilidad de visitarlo y grabar en sus retinas los bellos paisajes que entrega aquel lugar con tanta historia, tanta gloria y tanto dolor.