Fueron tres días en la Gran Manzana y vi muchas cosas, pero también me faltaron millones más que hacer y ver. Estuve en la zona de Queens, frente a Manhattan, lugar desde donde a orillas del East River se pueden disfrutar las noches neoyorquinas, con sólo admirar los edificios y puentes completamente iluminados, que dan a entender que la capital del mundo nunca duerme.


Creo que fui en la mejor época del año, primavera, porque si bien ya hacía calor, no era tan sofocante como es en pleno verano. Uno de los paseos obligados era el  Central Park, pulmón de la ciudad, y lugar de “desestresamiento” de la población. En esas fechas este parque está repleto, sobretodo los fines de semana, existen cientos de canchas deportivas y la gente disfruta del sol, como si estuviera en la más paradisíaca playa. Lagunas, animales, frondosos árboles, música, juegos infantiles, pequeños botes, carritos de “hot dog”, y uno que otro “loco” se puede ver y disfrutar en este famoso lugar. Para recorrerlo se necesitan horas, asi es que una ropa cómoda y a disfrutar de los encantos de este fresco territorio. En los alrededores está el lujoso Hotel Plaza, aquél en el cual se queda olvidado “Mi pobre angelito”; y varios museos. No soy muy buena para visitarlos, pero el Museo de Historia Natural, era un punto fijo. Me gustan los dinosaurios, no los estudio, ni sé mucho de ellos, pero me llaman la atención y ya que estaba en New York, tenía que verlos. Este museo tiene una de las más grandes colecciones de esqueletos de dinosaurios, me salté la mayoría de las salas del museo para encontrarme pronto con los gigantes, y de verdad que son muy impresionantes, cuando estuve parada al lado de uno, di Gracias a Dios porque los haya extinguido, de sólo mirar sus huesos y altura, ya te recorre un escalofrío. ¡Fue una linda experiencia!
Lamentablemente en aquella época, aún mantenían cerrada la Estatua de la Libertad, por lo tanto, no pude subir y tampoco quise visitar la isla donde se encuentra, en ese minuto la mejor alternativa fue tomar un barco turístico y dar una vueltecita por el río Hudson, la bahía y pasar por debajo del antiguo, pero siempre bello Puente Brooklyn. En este espacio aclararé a un amigo que la Estatua de la Libertad es mucho más grande que la Virgen del Cerro San Cristóbal de Santiago de Chile, sólo hay que ponerse en la perspectiva que en la cabeza de la Virgen no podríamos subirnos y en la Estatua si (ja ja que no te engañen amigo mío). El paseo en barco fue grandioso, ver Manhattan y sus rascacielos, la estatua y el puente, ya había dejado pagado el viaje, aunque debo decir que el espacio dejado por las torres gemelas era evidente.
Desde el muelle, frente al Puente Brooklyn, se puede ir caminando hacia la Zona Cero, cerca de ella ya puedes advertir los cientos de “souvenir” que venden sobre la tragedia. Lo extraño de todo es que el lugar parecía estar aislado de la ciudad, porque el silencio y el respeto de quienes andaban por la zona era impresionante. Habían pasado dos años de la caída, pero el lugar seguía viéndose destruido, muchos edificios contiguos estaban completamente tapados, aún se hacían limpiezas en el lugar y la gente seguía depositando flores y banderas en la zona. Fue una sensación extraña estar ahí, se siente pena y angustia, a pesar de nunca haber estado con anterioridad. Incluso hoy, al recordar el lugar mientras escribo, creo que en la zona cero había una sensación de soledad y vacío.
New York es así, tiene muchos contrastes y cada lugar provoca sensaciones distintas, lo que sí debo confesar es que no subí al Empire State. En este instante pensaba si estaba arrepentida de haber encontrado cara la subida (US$18) y sólo haberlo admirado desde la Quinta Avenida, pero sigo pensando que no subir a la Torre de Pisa, hubiese sido unos de mis más grandes arrepentimientos viajeros. Hay tantos lugares y calles, que uno olvida los nombres, pero para mí, un antecedente vital, siempre, son las películas, y aunque no supe cómo se llamaba (sólo el nombre del parque cercano: Billie Jean King Nacional Tennis Center), me saqué una foto con el “mundo” y un par de torres que aparecen en la película “Hombres de negro” (seguro se acordarán cuando vean la foto), lugar que está cerca de la cancha principal de tenis para el US Open.
Me parece que para disfrutar un viaje, uno debe sacar a relucir esa alma de niño que a veces se esconde demasiado. Para disfrutar un viaje, uno se debe emocionar, llorar si se quiere, gritar y reír. Para disfrutar un viaje se deben sacar las emociones, y creo que yo fui una niña en New York y disfruté de cada pedacito, que alguna vez había visto en la última fila del cine.