Aunque según la historia no está claro a quién pertenece el “gallopinto” (Costa Rica o Nicaragua), tengo que decir que me gustó más en Costa rica. El gallo pinto en un plato típico de Centroamérica y consiste en una mezcla de frijoles negros con arroz…y un sabor tan exquisito, que aún no se lo puedo dar a los frijoles que personalmente cocino, seguramente me falta algún aliño que es de la receta de la “abuelita”, o ese toque de sabor y hospitalidad que tienen los costarricenses, que te repiten sin cesar la típica frase que los distingue: “Pura Vida”.

San José es la capital de Costa Rica y centro político y económico del país, aglomera más de la mitad del comercio y los servicios de éste. Recibe su nombre en honor de José de Nazaret, padre putativo de Jesús de Nazaret. El cantón central de San José fue fundado el 7 de diciembre de 1848, pero la población surgió alrededor de 1737 y fue capital de Costa Rica en tres épocas: 1822, 1823 a 1834 y desde 1838 hasta la actualidad. Según estudios realizados en el ámbito de América Latina, San José es una de las ciudades más seguras y menos violentas de toda la región; ésta se ubica en el centro del llamado Valle Central a una altura media de 1170 metros sobre el nivel del mar. En 1736, por orden del Cabildo de León se buscaba concentrar los dispersos habitantes del Valle de Aserrí, por lo que se ordenó la construcción de una ermita cerca del sector conocido como La Boca del Monte, la cual fue terminada dos años después. Ese mismo año se eligió a San José como patrono parroquial y de allí su actual nombre. La fertilidad de los campos aledaños, así como la instalación en ella de la Factoría de Tabacos de Costa Rica, hizo que la concentración urbana aumentase rápidamente a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. En 1813, a propuesta del Diputado costarricense Florencio del Castillo, las Cortes españolas dieron a la población el título de ciudad, que perdió en 1814 cuando Fernando VII anuló todo lo actuado por las Cortes. El gobierno municipal fue restablecido en 1820, al volver a instaurarse el régimen constitucional, las Cortes dieron nuevamente el título de ciudad a la población. Para la época de la separación de Costa Rica de España (1821) Este desarrollo se vio acelerado por el surgimiento de plantaciones de café en sus vecindades en los decenios de 1820 a 1830. Y anexo como dato histórico de la zona que el 9 de agosto de 1884 se puso en operación una Central Hidroeléctrica en el Barrio Aranjuez, con lo que se pudo iluminar unas 25 lámparas en el centro de San José; fue la tercera ciudad del mundo y la primera de América Latina en ser iluminada con energía eléctrica, solamente superada por Nueva York y París.
San José es una ciudad tranquila, cuando llegué pensé que iba a ver la vegetación exuberante por todos lados, pero me equivoqué y casi me llevo una decepción, porque San José es una capital y el cemento se ve por todos lados, en lo que respecta a comercio, es una extensión de las tiendas “gringas”, porque todas aquellas multitiendas y cadenas de “fast food”, se pueden encontrar en la zona. No considero que sea malo, sino por el contrario, buenísimo, porque podía encontrar a la mano todo lo que necesitaba (es increíble cómo sin un mall no sabemos donde comprar las cosas…por eso al principio en Europa se me dificultó la compra de productos, pero al acostumbrarse no hay nada más bello que el almacén del barrio, con su fruta en cajones y las conservas bien dispuestas en las repisas…pero ese es tema de otro capítulo). Sus construcciones son bellas, la mano española metida en toda nuestra América Latina, y las estructuras coloniales bordean cada esquina. Pero yo quería ver la famosa vegetación de la zona y llegué al zoológico, que se encuentra en la misma ciudad, a pocas cuadras del centro, es un zoo pequeño, pero con coloridos animales y una vegetación que te impacta…y que en lo personal me asusta (porque le tengo miedo a los “bichos”, caminaba sin que las enormes hojas me tocaran, de sólo pensar que podía subir a mi espalda alguna araña me moría). Si realmente hablamos de encontrarnos con la naturaleza de este país, me la topé cuando partí al Parque Nacional Volcán Poas, a unos 50 kilómetros de la capital, cuyo camino ascendente y zigzagueante, lo hace largo y un poco estresante a veces, pero lo que se ve es simplemente maravilloso, aquellos helechos que en nuestras casas apenas nos dan unas ramita en esta selva eran realmente unas plantas gigantes y me podía considerar una “pitufina” al pararme al lado de una de las hojas de “nalcas” (supongo que eran nalcas, para los que no lo saben, las nalcas son unas plantas a las cuales se les come el tallo con sal y se dan en el sur de Chile).
La gracia de este viaje era llegar al cráter del Volcán Poas que cuenta con una laguna, lava y algunas fumarolas a la vista, pero para mala suerte mía llegué al borde del volcán, luego de subir un camino lleno de árboles, flores, hojas, lagunas y animalillos, y había una bruma tan espesa sobre el cráter que no me veía ni la punta de la nariz, esperé por más de una hora su despeje y fue imposible, sólo atine a sacarme una foto con el póster del Volcán, y hoy puedo decir que sólo conozco el volcán por fotos, a pesar que mi humanidad subió hasta el lugar, creo que los volcanes no son mi especialidad, más adelante sabrán por qué.
Durante este viaje vi frutas muy raras, con nombres divertidos como el “mamón”, que tenía sabor a uva y el recordado plato de frijoles y arroz. San José es una ciudad de contrastes, entre el gris de sus edificios y del cemento que cubre su plaza central, frente al verde de su vegetación y el colorido de sus frutas y animales. San José es un lugar hospitalario y como dicen sus habitantes de “Pura Vida”.

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