Cuando leo sobre Hamburgo, entiendo que debo ir nuevamente a realizar las actividades que me faltan, como por ejemplo dar un paseo en bote por el famoso Alster, un afluente del río Elba, que atraviesa el centro de la ciudad, formando dos lagos que le dan a Hamburgo una de sus imágenes más características. O tal vez faltó sentarme en un banco y mirar el paisaje en altura, donde los antiguos edificios terminan en punta, dando a la ciudad una vista tan  diferente a la que tenemos en Sudamérica. 


Aunque no lo crean esto que las Iglesias y edificios terminaran en “puntita” llamó mucho mi atención y le encontré una belleza singular, estas puntas se ven verdes con el paso del tiempo pero están cubiertas de cobre (al menos algo me ligaba a Chile), pero a parte del cobre (que hizo recordar Chile) estuve en un edificio que se llamaba Chile Haus y como turista (a veces somos bien ridículos los turistas) me saqué una foto en el frontis de éste para mostrar a los amigos que de cierta forma, había una presencia chilena, en un país tan lejano al nuestro.
Los días que acompañaron mi viaje fueron un tanto fríos pero los disfruté al máximo. El primer encuentro con Hamburgo fue totalmente cultural, ya que era el día de los museos (Hamburgo posee 79 museos), esto significó que durante toda la noche se podían visitar los museos completamente gratis, mi amiga Silvia me llevó a conocer algunos de ellos junto a sus amigos alemanes, que trataron de enseñarme miles de palabras en su enredado idioma, pero esta alumna no fue muy matea, porque a los minutos de repetir una palabra se me olvidaba; pero eso no impidió que termináramos la noche cultural en un bar estilo mexicano, lo más cómico fue que pedí cerveza alemana, pero sólo tenían mexicana, y tuve que tomar la ya acostumbrada y conocida cerveza “Corona” (paradojas de la vida). Pero la noche era larga y como pajarito nuevo me llevaron a conocer el Barrio Rojo de Hamburgo, la única diferencia con Ámsterdam es que la calle está cerrada y sólo pueden entrar los hombres.
Recuerdo las angostas calles llenas de árboles en sus costados y cientos de autos estacionados con dos ruedas sobre las veredas y las otra en la calle, se estacionan así porque las calles son tan angostas en ciertos lados que con el auto estacionado normalmente no podría circular ningún vehículo. También recuerdo con cierto temor ir a un edificio donde aún funciona el primer ascensor…es de madera, como una caja…que está en constante movimiento y uno tiene que saltar sobre él para subir y bajar (no niego que me dio susto saltar sobre él, pero fue una cómica experiencia). Pero uno de los lugares que más me gustó fue un pueblito que está casi en la desembocadura del Elba (lástima que no recuerde el nombre, ni siquiera sé si pertenece a Hamburgo, puede ser Holstein, pero no estoy segura, espero los comentarios de mis amigos en Hamburgo) desde donde salen los buques del puerto de Hamburgo. La gracia de este lugar es que existe un restaurante que tiene vista al río y cada vez que pasa un buque se iza la bandera del país al cual pertenece el buque y se toca el himno nacional correspondiente, causa mucha gracia la rapidez con la que hacen esto, porque los buques pasan uno tras otro… junto a esto hay que decir que el lugar es una maravilla, casas preciosas de madera en los cerros y entre un espeso bosque que no deja de maravillar a nadie.
El centro de Hamburgo y su plaza tienen esa particular y exquisita arquitectura de los países más al norte de Europa, y la idea es hacer el tour por el Ayuntamiento de la ciudad, para ver los grandes y bellos salones que poseen, desde donde existe una vista privilegiada de la zona. Tampoco puedo dejar de mencionar el Friedhof Olhsdorf (Cementerio de Hamburgo), algunos dicen que es el parque-cementerio más grande del mundo y otros el segundo, pero eso da lo mismo, porque tiene 405 hectáreas de bella y abundante vegetación, imagínense que los buses tienen recorridos dentro de él, sino sería imposible llegar a las tumbas. Lo mejor de esto es que teniendo este tipo de cementerios tan bellos, tal vez se pierde un poco ese miedo a ver y hablar sobre la muerte. El zoo, las aguas danzarinas por la noche, el túnel bajo el río, los edificios de almacenaje, el puerto, los diversos tipos de pan, la hospitalidad del alemán (frialdad no vi de parte de ellos) y las comidas deliciosas de mis tíos, y por su puesto la compañía de mi amiga Silvia, hicieron que mi estadía fuera perfecta en aquellas lejanas y extrañas tierras. Hoy repaso mi estadía en Hamburgo con cariño, y recuerdo el fresco verde de sus avenidas y parques que me hacen añorar volver y terminar aquellos paseos inconclusos.