Hay lugares recónditos en el mundo que uno ni siquiera sabe que existen, lo bueno de esto es que cuando te encuentras con ellos por “causalidad”, los ojos se maravillan y los pulmones se enanchan con tanto aire puro que puedes beber. La Fortuna es uno de aquellos lugares, con una generosa vegetación que a momentos parece estar dibujada en el horizonte, pero cuya magnificencia fue esquiva para mis ojos ávidos de conocimiento.


La Fortuna se encuentra a 150 kilómetros de San José en Costa Rica y pertenece a la provincia de Alajuela. Su mayor atracción es el Volcán El Arenal, siendo el más activo de este país, el cual está conectado con el bosque nubloso de Monteverde y Santa Elena.
El volcán Arenal esta asentado a unos 10 kilómetros del pueblo y diariamente emana grandes bocanadas de humo, ceniza y lava, la cual se puede apreciar en la noche corriendo por sus laderas; por esta razón es la gran atracción turística de la zona.
Pero la historia de La Fortuna se remonta al año 1930 cuando el nicaragüense Marcial Jarquín llega a la zona, inicialmente esta comunidad fue un caserío hasta el año 1950 cuando mediante un plebiscito se decide que el pueblo pertenezca al Cantón de San Carlos. Al principio la comunidad se conoció como Burío, y producto de la calidad de las tierras, los vecinos cambian su nombre al de La Fortuna.
En 1968 el Volcán Arenal que parecía un inofensivo cerro, hizo erupción sepultando a Pueblo Nuevo y dejando a un centenar de habitantes muertos. Con la amenaza de este enemigo acechando, muchas tierras perdieron su valor y comenzó la emigración, pero las constantes erupciones comenzaron a atraer a cientos de turistas que hoy han desplazado a la que fue la primera fuente de ingresos de la zona: la ganadería. El Arenal tiene 1.633 metros de altitud y se encuentra en el Parque Nacional Volcán El Arenal, y ha estado en actividad constante desde 1981. Hoy existen senderos bien marcados de antiguos flujos de lava, aguas termales y spas, que hacen más atractivo el lugar. Alrededor del volcán casi no hay vegetación, sin embargo, en la gran extensión del parque se encuentra el bosque primario de la Cordillera de Tilarán, de una espesa y bella vegetación.
Al principio comenté que la grandeza de este lugar había sido esquiva ante mis ojos, porque al parecer tengo una especie de mala suerte con los volcanes (recuerden que en San José tampoco pude ver el cráter del Volcán Poas). Del tiempo que estuve en el pequeño pueblo, ningún día pude apreciar el volcán, ni de noche ni a plena luz, porque las nubes nunca se quitaron de su encendida punta. Asi es que tuve que conformarme con ver postales y fotografías; y pensar en lo maravilloso que deber ser ver ese volcán encendido por las noches. Esa fue mi única decepción, pero en La Fortuna hay mucho que ver. Sólo a 5 kilómetros del poblado está la Catarata de La Fortuna, la cual cae desde 70 metros. Lo mejor del viaje es que al llegar allí hay que adentrarse en una espesa selva, donde los árboles llenos de lianas y los sonidos de los bichitos y pajaritos te hacen sentir como si estuvieras muy lejos de toda civilización. Hay que bajar un angosto sendero, mientras esquivas las poderosas raíces de los verdes árboles que cruzan el camino…ahí comienzas a descender hasta que la melodía de la catarata rompiendo sobre el agua se apodera del apacible lugar, y cuando por fin llegas al fondo, está ella, blanca, inmaculada y perfecta cayendo sobre un azul pozón. Ahí encuentras a los innumerables turistas que muy temerarios nadan hasta la caída de agua. Es en ese instante cuando piensas: “si ese chorro de agua te llega a tocar, seguro su fuerza te mata”. El lugar y el entorno te hace sentir tan natural y libre; mientras en el agua clara se logran ver los pececitos que nadan juntos de un lado para otro, sin asustarse de quienes allí se bañan. Confieso que al meterme al agua me daban un poco de susto los peces porque ni siquiera se movían, parecía que estaban atentos a cada movimiento que yo daba, finalmente dejé de lado ese estúpido temor y me sumergí en aquellas tiernas aguas transparentes. Que delicia acordarse de aquellos instantes, si parece que cierro los ojos y alrededor mío todo se transforma en verde.
Llegar nuevamente hasta la entrada del parque no fue tan alentador, porque el cansancio se hace evidente y aquel sendero cada vez es más empinado, mientras el sonido del agua cayendo se diluye nuevamente entre el cantar de las aves y el ronronear de los insectos.
Me faltó mucho por conocer, hay variadas termas, pero yo sólo disfrute aquellas gratis que están a la orilla de los caminos, ríos tibios que emanan desde el fondo del volcán y dan relajo a quienes nos maravillamos con tan abrumante belleza. Las hormigas gigantes caminaban con verdes hojas en sus espaldas y algunos sonidos extraños lograron asustarme, pero la belleza de aquel lugar me hacía sentir confortable. De verdad que hoy puedo decir que fue una “Fortuna” haber llegado a ese lugar por las “causalidades” de la vida.