Antes de comenzar con la segunda parte debo responder a las ocurrentes preguntas de mi tía Elsa, quien hace preguntas que nunca jamás alguien me ha hecho, asi es que para dejar a todos conformes (sobretodo a mi tía) la profundidad del Lago Chungará va desde los 33 a 35 metros de profundidad, y me adelanto a otro posible cuestionamiento de mi querida madrina, para decirle que el lago tiene una extensión de 21.5 metros cuadrados. Creo que ahora podemos continuar.

La primera parada fue en la zona magnética (lugar donde en plena subida apagas el motor del vehículo y este comienza a ascender solo por la cuesta. Ilusión óptica, verdad, magia de la naturaleza?…no lo sé, pero fue realmente sorprendente) en ese lugar estaban los magníficos cactus candelabros con sus sorprendente altura y brazos espinudos. Seguimos el recorrido hasta llegar a la Quebrada de Copaquilla y al restaurante de Zapahuira, donde desayunamos un exquisito té de hoja de coca (para el mal de altura o “puna”) con un pan con queso.Pasamos por el pueblo de Socoroma, el cual no divisé porque estaba tapado por las nubes, pero alcanzamos a llegar al mirador del poblado de Putre que se encuentra en lo más profundo de una verde quebrada, con un nevado de fondo que no dejó indiferente a nadie. Las quebradas quedaron a un lado y el camino se enfiló en pleno altiplano coronado en el horizonte con la famosa cadena montañosa que separa a nuestro país del mundo exterior. Ahí estaba bella e imponente y más blanca que nunca: Los Andes. Hay una cosa que no puedo dejar de mencionar, y fue el encuentro que tuve con un llamo (camélido altiplánico), la historia cuenta que su mamá lo abandonó y una familia de la zona lo crió junto a sus perros, pues bien, este llamo entiende por su nombre y corre cuando llegan los turistas, porque adora comer galletas, la verdad es que sólo le faltaba mover la cola.El ascenso siguió cada vez más bello y los terrenos cafés se fueron tornando albos y el frío comenzó a colarse, sin darse cuenta estábamos en medio de la nieve, con su blanco enseguecedor, que daba al lugar una preciosura indescriptible. La laguna Cotacotani era un espectáculo sin igual, y las fotografías se deleitaban con aquellos parajes, creo que ninguna imagen le hace justicia a esa inigualable belleza. Y sólo unos metros más arriba estaba el imponente y majestuoso Parinacota, reflejando su magnitud y prestancia en las espejadas aguas del lago Chungará. Fue ahí, en aquellas aguas donde el cielo se veía más claro y puro, parecía que al tocar el agua podías agarrar un poquito de cielo…las llamas, patos y rosados flamencos o parinas (como gusten llamarlos) disfrutaban en las orillas sin percatarse del asombro que teníamos todos ante tan indescriptible belleza. Había un silencio casi molesto, y ese aire era limpio, pero había que beberlo despacio para que la altura no hiciera su efecto. Mis ojos se llenaron de cientos de imágenes y se siente que el corazón ya no puede más de ver tanta belleza. Ver los animales libres y despreocupados era un regalo para quienes amamos tanto a nuestros “hermanos pequeños”, como alguien dijo por ahí. La verdad es que recuerdo estar parada frente al lago y al volcán y no sé como describírselos para que imaginen tal grandiosidad, tal vez por las fotografías me puedan entender un poco más. Mirar el lago era mirar el cielo sin levantar la cabeza, y alrededor de él las cumbres completamente blancas embriagaban el paisaje. Fue media hora de purificación máxima en las alturas, pero el viaje no terminaba allí, al comenzar el descenso pasamos al pueblito de Parinacota, que lo único que tiene es una bella iglesia (lamento muchísimo haber perdido esas fotos , la iglesia es una maravilla) y algunas casa de adobe en media de la nada altiplánica. En esos lugares tan distantes de todo uno se pregunta: cómo puede vivir la gente tan lejos de todo, serán felices con tan poco, serán felices con ese clima que a ratos no tiene clemencia con esta raza llamada “humana”?En este lugar tan distante en todo sentido hay una leyenda sabrosa. Dentro de la antigua iglesia hay una mesa de madera la cual los pobladores tienen amarrada de las patas. Dicen que por las noches salía a caminar y quien se encontraba con ella moría al día siguiente. Algunos juran que por las noches la mesa lucha por zafarse de sus cuerdas y se escuchan ruidos extraños dentro de la Iglesia. Lo más asombroso es que la cuerda si está gastada y hay marcas en el suelo. Leyendas, historias, realidades, quien sabe, lo único que sé es que todo esto hace más interesante y encantador este misterioso altiplano que tantas maravillas brinda a quien lo visita y lo aprecia. La última parada fue en un frío y neblineado Putre, donde almorzamos un sabroso, pero duro bistec de alpaca (otro camélido altiplánico). Como ven un maravilloso viaje recomendado con todas mis ganas y fuerzas. Para mí no cabe ni una duda que el Lago Chungará y alrededores fueron hechos por las propias manos de Dios y con un especial cuidado, por eso hoy está en manos nuestras que más generaciones puedan admirar esta belleza en altura.