Una novela chilena hizo que la ex Oficina Salitrera Santiago Humberstone se hiciera más conocida entre los chilenos, y cuando la vi, soñé con algún día visitar sus polvorientas calles y adentrarme en aquellas casas olvidadas, llenas de recuerdos de arduo trabajo, alegrías, tristezas e injusticias. El inclemente sol del desierto más árido mantienen a Humberstone intacta, pero fantasmal. Aquellos años de gloria y decadencia han quedado marcados en las paredes y en el suelo de aquel pequeño pueblo, que algún día albergó a hombres, mujeres y niños que buscaban un futuro mejor.


Humberstone pertenece al pasado reciente de la historia nortina chilena, fue una de las tantas Oficinas Salitreras que dieron poder y riquezas a la zona y al país por la extracción del salitre (salitre es una mezcla de nitrato de sodio (NaNO3) y nitrato de potasio (KNO3) y se utiliza principalmente en la fabricación de ácidos y nitrato de potasio, en agricultura como fertilizante, para la fabricación de dinamita, explosivos, pirotecnia, etcétera); y fue este mineral el que logró gatillar una guerra entre tres países: la Guerra del Pacífico. Pero hablemos un poquito de geografía e historia de este lugar tan místico. Se encuentra a 47 kilómetros al este de la ciudad de Iquique en la Comuna de Pozo Almonte, perteneciente a la Región de Tarapacá en Chile. Desde 1970 es Monumento Nacional y está abierto al público todos los días del año por sólo $1.000 pesos (US $2.00). Quien visite el norte de Chile no tiene excusas para no hacerse parte de este pueblo lleno de historia, que cala hondo mientras recorres sus dependencias junto al viento del desierto que te acompaña en cada rincón, junto al sol abrasador que te hace pensar en las condiciones en que chilenos, peruanos y bolivianos trabajaron buscando un mejor pasar.
No está demás decir que Humberstone perteneció a Perú antes de la Guerra del Pacífico, para luego pasar a manos de Chile, donde realmente las compañías salitreras pertenecían en su gran mayoría a ingleses y en menor cantidad a alemanes y estadounidenses. Esta oficina salitrera fue establecida en 1872 por la Peruvian Nitrate Company con el nombre de “La Palma”, a través de los años pasó por diferentes dueños hasta que fue adquirida por la Compañía Salitrera de Tarapacá y Antofagasta (COSATAN). En 1934 es sometida a una reestructuración total, construyéndose el campamento que está hasta nuestros días, la Iglesia, el Hotel, el Mercado, el Teatro, la Escuela, la pulpería, la Piscina, las casas para jefes, empleados y obreros, y se dotó de luz eléctrica y agua potable. Todas estas obras fueron inauguradas el 21 de noviembre de 1934, fecha en la cual fue rebautizada con el nombre de “Oficina Salitrera Santiago Humberstone”, en honor al “Padre del Salitre”, su máximo desarrollo fue en 1940 cuando logró albergar a 3.700 habitantes. Pero este auge salitrero comenzó a decaer con el término de la I Guerra Mundial y la creación por parte de los alemanes del salitre sintético, fue así como en 1960 se apagó la luz de Humberstone y de miles de personas que dependían del “oro blanco”.
Este es el resumen de la gran e intensa historia de un pequeño lugar que alimentó una guerra mundial, enriqueció a muchos, dio estatus a una ciudad; pero donde la otra cara de la moneda fue el maltrato, las desigualdades y las injusticias que se cometieron por lograr grandes producciones del ansiado mineral. ¿Será esta historia que hace tan mágico el recorrido por el fantasmal pueblo de Humberstone?
Cuando crucé la carretera y pisé aquellas calles polvorientas por primera vez, divisando los largos pabellones de casas pareadas de un piso, y crucé el umbral de una de éstas, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. No se si fue por el abandono que se siente en ese lugar, por el viento que sonaba por todos lados, por la carga histórica que posee, o porque simplemente sentí que estaba pisando una parte importante de aquella historia que tanto amo. Pensé que el recorrido sería corto, pero quedé impresionada con la envergadura del lugar. Es un pueblo completo, donde diferencias las clases sociales con sólo mirar las construcciones, recorrí de cabo a cabo el lugar, e incluso me adentré entre los fierros y latas oxidadas que alguna vez fueron parte de planta elaboradora. Pero el broche de oro es sin duda, vencer el cansancio y subir la “torta de ripio” para admirar desde las alturas aquel viejo pueblo en todo su esplendor, e imaginárselo en su época dorada, cuando la vida llenaba cada rincón de Humberstone.