Cuando escuché la palabra Cancosa dije ¿qué es eso? Seguro debía ser algún pueblo perdido en la pampa o el altiplano. Tenía que ir por trabajo y cubrir la postación de luz eléctrica para el poblado, me acompañarían como siempre mi jefe (Alfredo) y como turistas mi esposo (Gabriel), mi madrina (Elsa) y su hija (Silvia) (ellas estaban de visita, provenientes de Alemania). Lo que nunca imaginamos fue que aquel reporteo sería algo más que bellos paisajes, bailes, colorido y música. Cancosa se convertiría en la única meta de una verdadera odisea por el altiplano chileno-boliviano.

La ganadería y las plantaciones de quínoa son el sustento de las familias de origen aymara que viven a 3962 metros de altura en el pueblo de Cancosa, en la Región de Tarapacá. Son el último lugar que los pocos transeúntes admiran antes que dejen Chile por el “Paso Apacheta de Irpa”, y sigan rumbo a Bolivia. Y allí deberíamos estar al mediodía para cubrir una ceremonia de inauguración, donde los lugareños agasajarían a las autoridades con bailes y comida típica de la zona.
Tomamos un tiempo prudente para ir turisteando y salimos de la ciudad de Iquique a las 7 de la mañana, llegando al Salar del Huasco dos horas y media más tarde (pueden revisar el capítulo sobre el Salar o Laguna del Huasco publicado con anterioridad). Al salir de aquella maravilla, comenzó todo, debo advertir que en estos lugares rara vez te cruzas con otro transeúnte y la señalización es bastante precaria, donde generalmente debes elegir un camino. Y así fue, llegamos hasta un pequeño letrero que decía Cancosa y junto a él dos rutas. Al azar tomamos la “derecha”, pensado que nos conduciría al pequeño pueblo altiplánico. Wow! la Cordillera de Los Andes con sus cumbres nevadas se veía majestuosa y aquellos cerros colorados nos hacían ver minúsculos en esa vasta inmensidad.
Enfilamos por un camino pedregoso y angosto, la vegetación enana (paja brava) comenzó a hacerse más espesa y el verde claro cubrió aquellos cerros, seguro nos encontrábamos a más de 3.500 metros de altura. Todos estábamos obnubilados por aquella belleza desconocida, aquella belleza que ni siquiera un programa de televisión se digna a mostrar, aquella belleza que te llena los ojos y pasa directamente al corazón, aquella belleza que ni imaginas que existe, con la cual te sientes privilegiado por ser uno de los pocos que la ha podido admirar.
Estábamos en eso cuando la ruta comenzó su ascenso y cada vez se fue haciendo más angosta, íbamos por la orilla del cerro, cuando la camioneta se detuvo. El pánico se apoderó de mi madrina quien se bajó y quiso ir caminando, mientras los demás nos reíamos, no sé si de ella o de nerviosismo por aquel estrecho y curvo camino. Pero nuestros camuflados sustos se olvidaron cuando llegamos a un bosque de Queñoas, wow! nuevamente, jamás había visto una y ahora me encontraba entre cientos de ellas. Las queñoas son los árboles que crecen a más de 4.000 metros de altura y existen en muy pocos lugares del mundo. Desde aquel sector el paisaje era simplemente ma-ra-vi-llo-so, podíamos admirar desde el Salar del Huasco hasta nuestros pies. Creo que en ese momento aún no sabíamos lo perdidos que estábamos de Cancosa.
Seguimos ascendiendo hasta llegar el altiplano, inmenso y ventoso, donde nos topamos con un hito que decía de un lado: Chile y del otro: Bolivia, fue ahí cuando comenzamos a sospechar que estábamos perdidos, en un lugar dónde ni los mapas sabían dónde nos encontrábamos. Todos ocultamos el nerviosismo y seguimos adelante. Los parajes eran simplemente sobrecogedores, incluso algunos pequeños cerros estaban cubiertos de blancas arenas, como si alguna vez el mar hubiese jugueteado por aquellos sectores. A pesar de todo seguimos turisteando y sacando fotografías hasta que llegamos a un pequeño caserío, donde los moradores nos confirmaron que estábamos nada más ni nada menos que en nuestra vecina Bolivia.
Guiaron nuestros pasos por el camino que nos devolvería a Chile, pero aquella senda se perdía por el cruce de un río y la Cordillera la seguíamos viendo al oeste de nosotros. Gabriel hizo unas pequeñas mediciones y pasamos con la camioneta sobre el agua, creo que ahí cruzamos nuevamente el límite, pero es sólo una intuición porque nunca supimos cuando volvimos a nuestro terruño. Las llamas y vicuñas nos miraban al pasar, mientras otras corrían a lo largo del camino. El silencio de aquel lugar era indescriptible, mientras debíamos seguir eligiendo qué caminos tomar. El trabajo ya estaba olvidado, eran las 13:00 horas, en esos momentos la única meta era llegar a Chile y olvidar Cancosa, pero de repente vimos una polvareda a lo lejos, se acercaba otra camioneta con patente chilena. El alma se nos vino al cuerpo, otro grupo de personas iba atrasado a la misma inauguración. Una vuelta en U en el camino nos hizo tomar el verdadero rumbo a Cancosa. Llegamos pasadas las 14:00 horas al poblado, con tanta suerte que pudimos disfrutar de los coloridos bailes y poder hacer el trabajo solicitado. Lo que no sabíamos es que aún esta odisea por el altiplano no terminaba.