Y ahí estábamos, en el pueblo de Cancosa, rodeados por una imponente cordillera de nevados picos y observando los alegres y coloridos bailes que nos regaló el pueblo aymara aquel día. Pero nuestra larga jornada ni siquiera estaba a punto de terminar. Y sin duda, nuevamente fue una de las experiencias más fascinantes, y donde infinitamente me he sentido más cerca de Dios (hablando geográficamente).

Tienen que haber sido cerca de las 4 de la tarde cuando en conjunto decidimos marcharnos, pero quisimos irnos por un camino que bordea la cordillera para conocer los poblados de Lirima, llegar a Colchane y pasar a las termas de Enquelga que están al aire libre en pleno altiplano. Salimos de Cancosa y enfilamos por el altiplano con la cordillera de fiel compañera, junto a los cientos de camélidos altiplánicos que nos observaban curiosamente cuando pasábamos por sus lados. El camino tomó rumbo entre apretados cerros, que nos hicieron para varias veces para dejar un testigo impreso de aquellos bellos parajes que parecían haber sido pintados cuidadosamente por el pincel de algún avezado artista. Wow! la belleza de aquel lugar era indescriptible.
De repente dejamos atrás los cerros y nuevamente se abrió ante nuestros ojos el plano espectáculo, lamentablemente fue en ese momento cuando nos vimos en la encrucijada: la división de nuestro camino en 3 brazos. Apagamos el motor y decidimos al azar nuevamente. Iríamos por la izquierda, ya que por la mañana la “derecha” no nos había dado buen resultado…desde ese lugar, Lirima no debía quedar a más de 20 minutos, pero ya llevábamos cerca de una hora y aun no aparecía ninguna señalización, ni señas de vida humana ni extraterrestre. Hasta que por fin venía un cartel en nuestro camino, donde indicaba que Lirima quedaba a 60 kilómetros tras nosotros…otra vez habíamos tomado el camino equivocado…entre tantas vueltas el sol ya se iba a esconder y decidimos seguir adelante y llegar a Iquique por la famosa Quebrada de Tarapacá.
Comenzamos el ascenso por un pequeño camino pedregoso a la orilla del cerro, el paisaje comenzó a cambiar, los grandes cactus se hicieron nuestros amigos y nos adentramos en aquella Quebrada, para nosotros inmensa. Nadie quería mirar hacia abajo, lentamente dejábamos la tierra “firme y plana” y de pronto la neblina comenzó a perseguirnos. El clima cambió y se puso frío, sin poder creerlo se puso a llover y a granizar, estábamos impactados…no podíamos creer que estuviera lloviendo en el desierto…lo que habíamos olvidado es que no estábamos en el desierto si no en las altas cumbres del altiplano y allí todo podía pasar. Seguimos ascendiendo y luego de media hora con clima hostil, el sol comenzó a brindar sus tibios rayos que iluminaban de manera magnífica aquellos cerros que cada vez se volvían más desérticos, pero sin dejar de poseer esa belleza y magia. Desde allí, los cerros se veían desde arriba, nunca me sentí tan cerca de Dios…quizás a qué altura nos encontrábamos…el lugar era impactante y nuevamente me sentí privilegiada por encontrarme en ese lugar…habían paisajes tan extraños que casi imaginé que un platillo volador podía aterrizar en cualquier minuto.
Estábamos ensimismados con la altura, pero salimos de este estado cuando vimos el camino que teníamos que seguir para el descenso. Parecía una culebra enroscada aquella vía, con la quebrada de un lado, y la montaña del otro, era seguro que si algo fallaba en esa bajada, no podría haber contado esta historia. Pero todo salió genial, bajamos aquella serpenteante ruta y pudimos apreciar pequeños oasis en medio de aquella imponente masa rocosa y finalmente mirando hacia el oeste apareció el pequeño poblado de Tarapacá…por fin tierra conocida!
Sin duda una de mis mayores odiseas, de esas que recuerdas con un amor profundo, de esas con las cuales te sientes privilegiado, de aquellas que sabes que será muy difícil volver a vivir.

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