Hace cinco años pisé la ciudad de París, iba por dos días, me quedé tres. Según mi mapa de viaje en dos días podría recorrer la llamada “ciudad de las luces”, pero nunca pensé que aquella metrópoli sería tan grandiosa y monumental, llena de historia y de recuerdos que tenía en mi cabeza por la lectura de algún libro de historia universal. Desempolvando mis fotos, la veo y me vuelvo a enamorar de ella, pensando que mis fotografías le hacen un flaco favor a tan maravillosa belleza.

Llegué a París un 21 de junio de 2003, ohh! que buena memoria tengo verdad? Recuerdo aquel día porque al bajarme del bus y caminar rumbo a mi hostal, en cada esquina había alguien cantando o simplemente tocando alguna melodía. Después entendí que cada 21 de junio en París (no sé si en toda Francia) se celebra el Día de la Música y para mi suerte pude literalmente respirarla en cada paso que di. Lo mejor de todo es que aquel día me encontré con grandes sorpresas, por ejemplo en Champs de Mars, donde está la Torre Eiffel, estaba tocando gratuitamente el grupo Europe y a una cuadra de mi hostal Simply Red, qué maravilla!
Aquél día llegué tempranísimo a la capital francesa, con el mapa del metro y de la ciudad en mano, y cómodas zapatillas me caminé París. Mi travesía duró todo el día, pero fue una experiencia simplemente sensacional. Desde ya aviso que no visité ningún museo, el presupuesto no me lo permitía (será para otra ocasión), pero eso era un pelo de la cola para lo que estaba viviendo. Mi primera visita al metro fue impresionante, primero porque es muy resguardado y cerrado; había conocido los metros de Hamburgo, Berlín y Roma y éstos eran tan poco vigilados que podías viajar gratis si lo deseabas, pero en París al poner el boleto, tenías que traspasar una puerta metálica para poder acceder a él. Y en segundo lugar, impresionante porque es tremendo, llega a toda la ciudad y de verdad que en aquel subterráneo te pierdes fácilmente. Llegué a la estación del Centro Pompidou (Centro Nacional de Arte y Cultura George Pompidou) y caminé hasta la famosa Catedral de Notre-Dame. Wow! ahí estaba góticamente grandiosa, esculpida hasta el más mínimo detalle y elevándose sobre los cielos parisinos desde 1163. Está dedicada a la madre de Jesús, de ahí su nombre “Nuestra Señora” (Notre Dame) y ubicada en la Ile de la Cité (Isla de la Ciudad) en el río Sena, siendo terminada en 1245.
Ahí estaba majestuosamente Notre-Dame aquella belleza arquitectónica que inspiró a Víctor Hugo para escribir la romántica historia entre Cuasimodo y Esmeralda; y lo mejor de todo es que ahí estaba yo para admirarla con mis propios ojos…todo parecía un sueño. Abandoné el lugar para seguir mi ruta hacia el Louvre, pero sin antes pararme en medio del Pont Neuf (Puente Nuevo) sobre el río Sena y mirar a lo lejos lo que aquel día sería mi destino final: la Torre Eiffel. Recuerdo haber estado en el puente más antiguo de París (construido en 1578-1607), mirando hacia el horizonte, con el ícono más famoso de la ciudad de fondo y abstraerme escuchando sólo mi interior, que me repetía una y mil veces ¡Estás en París!, ¿puedes creerlo?
Desde el puente ya podía ver el imponente Louvre, con miles de ventanas y cientos de personas observándolo, me acerqué a él impresionada, mientras un coro cantaba en una esquina, crucé el portal y a lo lejos divisé la famosa pirámide de cristal tan vapuleada por algunos, la verdad es que desencaja aquella modernidad con el entorno histórico, pero se ve hermosa igual. A un costado están los Jardines de las Tullerías e inmediatamente después, la Plaza de la Concorde, donde se encontraba al guillotina en la época de la Revolución y que hoy está simbolizada por un obelisco egipcio traído por Napoleón. Desde ese preciso lugar se abre antes los ojos del mundo los famosos Champs Elysées o Campos Elíseos con el Arco del Triunfo al final. Uuu la la! y ahí nuevamente estaba yo. Caminé por aquella avenida recordando a Marie Duplessis, protagonista de La Dama de las Camelias, quien paseaba por aquellos parajes en el año 1848.
Aprecié esa caminata atiborrada de gente, con muchas tiendas elegantes hasta llegar al famoso Arco del Triunfo, mandado a edificar por Napoleón Bonaparte tras su victoria en la batalla de Austerlitz en 1805, tras prometer a sus hombres: “Volveréis a casa bajo arcos triunfales”. Simplemente genial, ya poco me quedaba para cumplir la meta, dejé el Arco atrás y seguí hasta la Torre Eiffel, la cual aquel día estaba de fiesta con Europe tocando a sus pies, sólo logré admirarla desde el suelo, ya tendría un segundo día para treparme a ella.

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