No tengo el recuerdo claro en mi cabeza de cómo sabía de este lugar, tal vez lo leí en algún libro de ovnis de J.J. Benítez y por eso cuando llegué a vivir al norte de Chile, quise conocer todas aquellas cosas inexplicables que guarda y conserva la tibia sequedad del desierto de Atacama, como muestra de lo que nuestros antepasados quisieron expresar o quien sabe, lo que algún ser ajeno a esta Tierra quiso decirnos.

Primero quiero explicar que los geoglifos son figuras construidas en las laderas de los cerros o en planicies, usando la técnica de adición de piedras con tonalidades oscuras de origen volcánico a manera de mosaico, las que resaltan sobre un terreno más claro. En el norte de Chile hay muchas muestras de ellos, siendo uno de los más famosos las Líneas de Nazca en Perú (las cuales espero ver algún día en vivo y en directo). Los Geoglifos de Pintados se encuentran en la Reserva Natural Pampa del Tamarugal, a 94 kilómetros de la ciudad de Iquique, la cual se ha convertido en Patrimonio de la Humanidad y una zona arqueológica de alto interés científico. Pintados, ubicado a unos 1.035 metros sobre el nivel del mar, comprende 4 kilómetros con 355 figuras de las cuales 137 corresponden a formas geométricas, 97 son zoomorfas y 121 antropomorfas. Según los expertos, estas figuran tienen el claro objetivo de la comunicación, sirviendo de guía para las grandes caravanas que provenían del altiplano, en conclusión, eran señalizaciones de ruta; pero la verdad es que me cuesta creer eso, luego de ver aquellas figuras tan extrañas. Me gusta más la idea de aquellos que creemos que no estamos solos en este Universo, y que esos grandiosos dibujos en los cerros eran para indicarles algo aquellos internautas espaciales, que de vez en cuando se dejan ver por los cielos. No sé si mi cabeza estará desvariando, pero vi dibujados platillos voladores y hasta un “marciano”, incluyendo una flecha gigantesca que indicaba algún lugar. Además el sitio tenía tanta mística, que ya veía que aterrizaba una “nave” y nadie más que nosotros se daría cuenta.
La travesía comenzó cuando íbamos en pleno desierto con Gabriel (mi esposo, que me acompaña en todas mis locas ideas) y llegamos a la famosa Pampa del Tamarugal, donde los encantadores tamarugos tomaron posesión de la sequedad y nos acompañaron por varios kilómetros en la desolada Ruta 5 Norte, para luego dar paso a aquel lugar donde la tierra al resquebrajarse por la falta de agua, producía extraños sonidos, que hacían pensar que en cualquier minuto algo saldría desde sus entrañas. Fue impresionante. Seguimos la ruta, hasta el desvío hacía los geoglifos y al acercarnos a los cerros se comenzaron a ver los dibujos, llegamos hasta una casita,  nos cobraron una entrada y seguimos, teníamos hambre asi es que antes de ir a observar, nos sentamos bajo un tamarugo a comer. El silencio de aquel lugar era terrible, nunca había escuchado tanto silencio. Allí había una paz sin igual, el desierto era basto y anaranjado, pero el silencio llegaba a molestar mis oídos, mientras una leve brisa bajaba desde aquellos cerros colmados de “grafitis”. ¿Qué habrán querido decir con tantos dibujos?
Wow, aquél lugar es fascinante, caminamos rodeando los cerros, mientras mis ojos no se cansaban de observar y mi cabeza no dejaba de hacer miles de preguntas, que seguramente no tendrán nunca una respuesta. Flechas, peces, animales, cuadrados, círculos (o platillos voladores), personas o extraterrestres, de todo había en aquellos cerros, incluso en lugares tan extraños y de difícil acceso, que no imagino a alguien desafiando la quebrada para hacer simples dibujos para las caravanas altiplánicas. Definitivamente aquellos geoglifos deben tener una visión más espectacular desde el aire, que desde donde nos encontrábamos. Aquel lugar es simplemente impresionante, digno de conocer, de observarlo, de olerlo, de sentirlo y de escucharlo, no sólo por aquellas incógnitas que guarda, sino por el entorno y las sensaciones que provoca en el ser humano.