¿Cuántas cosas esconde el mundo a los ojos humanos? Creo que millones y es ahí cuando surgen los por qué, pero luego de haber tenido la suerte de admirar la Laguna Roja, y sus compañeras Amarilla y Verde, creo que entiendo el por qué, ciertas maravillas deben permanecer ocultas ante nuestra raza.

Paisaje impactante, desconocido y a la vez mágico e increíble; difícil de describir y fácil no hacerle justicia con mis palabras o fotografías. Sé que las coordenadas de Laguna Roja, ubicada en el altiplano chileno se encuentran en internet, pero en este relato al menos yo, por respeto a la grandeza de ese lugar y a las creencias de la etnia aymara, prefiero guardar la ruta en mi memoria y aunque suene egoísta, espero que aquel lugar dure mucho tiempo más sin presencia de los hombres, que no sabemos cuidar ni respetar lo que la “pachamama” o “madre tierra” nos brindó.
Laguna Roja salió a la luz pública gracias a un reportaje realizado por un canal de televisión chileno, el cual tuve la oportunidad de ver. Aquellas imágenes de sus intensas aguas rojas me sorprendieron y deseé poder alguna vez verlas con mis propios ojos. Los tiempos de espera a veces son cortos y mi momento llegó más temprano que tarde, por eso, cuando estuvimos frente a frente y vi correr por la ladera de la roca riachuelos rojos, que parecían ríos de sangre intimidando mi vista, seguí la tradición aymara y me arrodillé, toqué la tierra y le pedí permiso a la “pachamama” para poder admirar aquella belleza que ha escondido por tanto tiempo.
Sobre la Laguna Roja no existen muchos datos, el lugar donde se encuentra pertenece a una familia aymara, quienes contaron que la laguna está maldita y que nadie debe bañarse en sus aguas; y es por este miedo y respeto que jamás ha sido estudiada y por lo tanto no existe registro de diámetro, profundidad, o qué contiene para obtener dicho color. Pero nuestra naturaleza es cada vez más impactante, no contenta con sorprendernos hasta los huesos con la Laguna Roja, creó a dos compañeras, una laguna más pequeña de intenso color amarillo a su derecha, y otra de aguas verdes y calientes a su izquierda.
Recuerdo aquel paisaje y la emoción me recorre, allí parada en el silencio sepulcral del altiplano y frente a aquellas desconocidas, quise llorar de felicidad y me sentí afortunada de ser una de las personas que ha tenido la posibilidad de admirar aquella belleza incalculable.
Acceder a las lagunas es una odisea, el camino es largo y las rutas casi no existen, la altura del lugar a veces te puede jugar una mala pasada o simplemente aquel paraje lleno de “huellas” te arrastra hacia lugares impensados. Nos demoramos 9 horas en encontrarla, anduvimos más de 600 kilómetros y nos extraviamos varias veces, incluso perdí 1000 veces la esperanza de encontrarla, pero nuestro entusiasmo y las ganas de verla no nos detuvieron. Cuando la vimos desde lo alto, el alma nos volvió al cuerpo y un grito de júbilo inundó nuestra esperanza pisoteada. Tuvimos que bajar un cerro a pie y cruzar un río para llegar a ella. Pero para mi sorpresa, sus aguas eran puras y tan cristalinas, como las del río que acabábamos de cruzar; caí en la cuenta que la piedra por donde corre el agua es roja  y que sus arenas suaves y gredosas tinturan el color de las límpidas aguas, convirtiéndolas a cada una de ellas en algo único e irrepetible.
La roja tiene sus aguas templadas, la amarilla cálidas y la verde calientes. Cuando las miras puedes imaginar cualquier cosa pero aquellas pozas que acompañan este escenario parecen emerger desde las entrañas de la tierra. “Gracias pachamama” dije antes de dejar aquel lugar, gracias por tu creación y gracias por darme la dicha de sentir y ver aquellas aguas indescriptibles. Espero que el acceso a ellas siga siendo difícil y duro, espero que aquel que logre llegar a ellas las respete y las admire como la gran maravilla que son y espero algún día volver a sentarme por más tiempo junto a ellas.